La llamada salió por el canal abierto, monocorde y protocolaria, como otras mil antes que ella.
—West L6F, estación de control de 54-6UE2, aquí la Faul Fender. Solicitamos descenso a su sector abierto adyacente. TG-6.6, vector 0.65, cuadrícula 732 por 1432.
La respuesta llegó debilitada por la distancia. —Entendido, Faul Fender. Las condiciones parecen aceptables. Por lo que vemos, su organización ya nos remitió la declaración correspondiente. Quedan autorizados.
Trascott se inclinó hacia la consola con la calidez desenfadada de un hombre al que nunca, ni una sola vez, le habían dicho que no. —Ah, gracias. Le agradezco ese discursito suyo tan encantador y tan cortés.
Silencio al otro lado. Cuando el controlador volvió a hablar, algo se le había aflojado en la voz. —Ah. Sí. Bueno. Les deseamos una agradable visita.
—Muy agradecido, oficial.
En el canal ya solo quedó estática.
Al otro lado de la portilla, el planeta giraba. Lo recorrían cientos de kilómetros de campo verde y, entretejidas con el dosel, se alzaban estructuras que se negaban a cobrar ninguna forma reconocible. Ni asentamientos. Ni ruinas, exactamente. Formas sobre las que la mirada resbalaba una y otra vez. Entre el verde había manchas donde no crecía absolutamente nada, oscuras, planas y antinaturales de un modo que la luz no podía explicar.

La estación flotaba en órbita; hasta allí, y no más, tenía permiso para llegar la Faul Fender. De ahí en adelante, había que seguir en lanzadera.
El motivo era el escudo. Una piel de energía azul envolvía el planeta, sin una sola costura, anclada a la propia estación, y con un único paso para atravesarla en cualquiera de los dos sentidos.
En el muelle los esperaban soldados. No una guardia de adorno. Un destacamento.
—Ahora sí que vamos a lugares con clase, señoritas —anunció Trascott—. Prepárense.
—Entendido, capitán —dijo Fellin.
—Señor —dijo el timonel—, embarcamos en la lanzadera.
Dos soldados los hicieron subir. Ninguno les tendió la mano.
—Buenas noches, caballeros, damas. —Trascott agachó la cabeza para pasar por la escotilla—. Mis documentos ya se aprobaron al entrar. ¿Hay algún problema?
Uno de los soldados les pidió la ubicación. Luego tomó la tableta con la documentación y la tiró a un lado como si fuera un envoltorio.
—Dales la ubicación, B —dijo Trascott.
Brandon Fury no apartó la vista de su tableta de datos. —TG-6.6, vector 0.65, cuadrícula 732 por 1432. Es el descenso que solicitamos. Terreno yermo. Supongo que lo conocen.
El segundo soldado le puso una mano en el hombro a Trascott y lo guio hasta su asiento. Ahí se acabó la conversación. El que iba a los mandos selló las puertas y fijó el rumbo.
A través de las ventanillas, la superficie que se acercaba distaba mucho de estar vacía. Otras lanzaderas militares ya habían aterrizado, dispersas por el paisaje en campamentos sin relación evidente entre sí.
—No son de los simpáticos, por lo visto —dijo Trascott.
Fellin no apartó los ojos de la ventanilla. —Nosotros tampoco. A mí no me molesta, T.
—Yo soy simpatiquísimo —dijo Trascott.
Los soldados no dijeron una palabra en el resto del descenso. Ni a ellos ni entre sí.
—Uuuf. Mira eso —murmuró Trascott—. De verdad se están haciendo los duros.
—Mm. Sí. Claro. —Fellin volvió a mirar por la ventanilla.
El suelo subió a su encuentro.
Trascott aguantó un minuto más antes de que el silencio pudiera con él. —Bueeeno. Caballeros. Damas. ¿Qué tal el trabajo? No parece que se estén divirtiendo mucho. ¿No les dan suficientes días libres?
Nada. Ni el más mínimo cambio de postura.
—Uuuh. Modo silencio.
—¿Es que nunca te callas? —dijo Fellin.
La lanzadera tocó tierra. La puerta se abrió con un siseo.
—De vez en cuando —dijo Trascott, sonriendo de oreja a oreja.
El soldado que había hecho todo el trayecto de pie bajó primero y esperó.
—Creo que esa es nuestra señal.
Bajó por la rampa y siguió caminando, y los demás fueron detrás. A sus espaldas, el soldado volvió a subir y la lanzadera despegó sin ceremonias.
Pasado el borde del terreno yermo empezaba el verde. Más allá, agua.
—B, haz que baje la nave para que dejen de mirarnos desde arriba —dijo Trascott—. Les dijiste que no veníamos solos, ¿verdad? Aunque bien que la miraron de arriba abajo. Ya tienen contada a toda nuestra gente.
—Ah, sí, señor —dijo Brandon Fury—. Creo que nuestra tripulación fue lo último que revisaron.
Trascott se hizo sombra con la mano. —¿Esa que viene es la nuestra? Parece que la han dejado bajar.
La nave llegó. Mientras se posaba, las huellas saltaban a la vista en el casco. Paneles desalineados apenas unos milímetros. Nada roto. Todo manoseado.
—Mi entrada estelar, arruinada por completo —dijo Trascott—. ¿Ves esto, Fellin? Voy a poner carita triste.
—Han estado hurgando un poco, señor —dijo Brandon Fury—. Buscando algo, diría yo.
—Si les pusieron la mano encima a mis cosas —dijo Fellin—, se van a arrepentir.
Fuera lo que fuese lo que buscaban, no lo habían encontrado.
—Uuuf. Esta a veces se pone agresiva —dijo Trascott.
—Sí, señor —convino Brandon Fury—. Un poco.
Trascott se volvió hacia el tripulante más cercano. —Tú. ¿Cómo te llamas?
—¡Rapson, señor!
—¡Rapson!
—¡SÍ, SEÑOR!
—¿Qué demonios pasó aquí? ¿Qué buscaba esta gente, cargas láser? ¿Algo así?
—No lo sé, señor. —Rapson mantuvo la vista al frente—. Pero miraron por todas partes.
Eso era lo extraño. Las armas no les habían interesado. Ni los estantes ni las cajas. Habían venido por algo concreto.
Un objeto.
—Ni siquiera miraron las armas, señor —dijo Rapson—. Era como si buscaran otra cosa completamente distinta.
—Mmm. —Trascott se frotó la mandíbula—. Qué raro. A lo mejor buscaban el corazón que me falta. ¿Eh, Rapson? ¿Eh?
—Ah. Eh. Sí, señor.
Trascott se dobló de risa.
—Si ya encontraste tu corazón, andando, vaquero —dijo Fellin—. Basta de ruido. Tenemos trabajo.
—A tus órdenes, supermujer de misiones. —Se puso a caminar junto a Rapson y bajó la voz—. ¿Qué tal el chiste?
—Muy bueno, señor. Je. Je.
Echaron a andar hacia el verde.
El bosque se fue revelando a medida que se acercaban. Los árboles eran más altos y bastante más tupidos de lo que parecían desde el aire. La poca luz que atravesaba el dosel no llegaba al suelo.
—Vegetación y bosque en medio de un desierto —dijo Trascott—. ¡Quién lo diría! Ya me está empezando a encantar este sitio.
—Cada planeta tiene su propia flora, Tras. —Fellin no aflojó el paso—. Esto es normal. Cualquiera diría que nunca has salido de casa. Comparado con el casquete de hielo morado y la lluvia amarilla, esto es prácticamente un jardín.
A Trascott se le crispó todo el cuerpo. —Puaj. Sí. Eso. Estuve enfermo una semana. Si hubiera tenido epilepsia, me habría muerto allí. —Se recuperó al instante—. No, este sitio está bien. Alto, alto, que todo el mundo espere.
Todo el mundo esperó.
—Antes de meternos en el bosque tenebroso, ahora que todavía tenemos el desierto detrás. Fellin. Ven aquí.
—¿Y ahora qué? —Aun así, se acercó.
—¡Rapson!
—¡Señor!
—Toma esto. —Le puso una cámara en las manos al muchacho—. B, mete la nave en el encuadre.
—Dentro del encuadre, señor.
—Dispara, Raptor.
Le pasó un brazo por los hombros a Fellin y adoptó una pose.
—Es Rapson, señor. No Raptor.
—Precioso.
Siguieron avanzando hacia los árboles.
En ese tramo el desierto empezó a inquietarlos, aunque tardaron en entender por qué. Desde la órbita se veía redondo. Un círculo casi perfecto de tierra muerta, con el verde cerrándose a su alrededor por todos lados, y ningún accidente del terreno lo explicaba.
Allí no había crecido nada. Ni en los últimos tiempos. Ni nunca.
Más cerca, la hierba rodeaba el bosque, si es que aquello podía llamarse hierba. Les pasaba de la cintura, áspera y con un matiz grisáceo, y nadie alargó la mano para tocarla.
—Pero ¿qué es esto? —dijo Trascott—. ¿Antes estaba así?
—No, señor —dijo uno de los hombres.
—¿Fellin?
Ella ya había sacado la tableta. —Según esto, aquí hay caminos. Vamos hacia un asentamiento. —Frunció el ceño ante la pantalla y luego la guardó—. No te preocupes. Habrá una explicación.
—¿Alguien trajo por casualidad una cortadora de césped?
—Deja de hablar y ayúdame a abrir camino.
Los hombres se pusieron manos a la obra con los láseres.
La hierba fue cediendo bajo los cortes y, al apartarse, dejó al descubierto un sendero. No lo habían abierto ellos. Ya estaba allí.
Las conversaciones se apagaron. Las manos buscaron las armas sin que nadie diera la orden.
—Esto me da muy mala espina —dijo Fellin.
—¿Qué pasa? ¿Una cobra? —A Trascott se le sacudían los hombros—. ¿De las bien grandes?
—TE DIJE QUE NUNCA VOLVIERAS A MENCIONAR ESO. —Se revolvió contra él—. Y aquel bicho era del tamaño de media nave. No era una serpiente, Tras, era una bestia.
—Está bien, está bien, cálmate, era broma. Aunque fue divertido cazarla, ¿no?
—Ah, sí. Una maravilla.
Sobre ellos, las ramas se movieron.
Trascott alzó la mano abierta. —¿Han oído eso?
Todos se detuvieron. Todas las armas se alzaron.
La sombra se adueñaba de las alturas del dosel. Envueltos en ella, en lo alto de las ramas, colgaban soldados. El mismo uniforme que los de la estación. Suspendidos del cuello con cuerdas hiladas de láser.

—Este sitio es una película de terror —susurró Trascott.
—¿Te puedes callar? Por favor.
—Ja. Mierda.
—¿Qué pasó aquí? —dijo Fellin.
—B. —La voz de Trascott había perdido toda la música—. ¿Puedes avisar a esos amigos nuestros tan duros de allá arriba de que varios de los suyos se están columpiando ahora mismo de los árboles?
—Por supuesto, señor. Intentando conectar.
Lo intentó durante un rato. El dosel se tragaba las transmisiones enteras, y cuanto más se adentraban, peor era.
—Señor, la comunicación es imposible. Aquí no hay ni un solo dispositivo que capte señal.
Arriba, entre las ramas, las sombras se movían. No con el viento. Siguiendo la línea del sendero, por delante de ellos.
—Fellll —dijo Trascott—. ¿Y si mejor nos volveeemos?
—¿Qué pasa, supercazador Trascott? —Fellin no se dio la vuelta—. ¿Tienes miedo?
—Ja. No. Claro que no. —Se rio—. O sea, jajaja, claro que no. Sigan cortando, caballeros, vamos.
Los hombres siguieron cortando. El sendero se ensanchó.
—Tenemos equipo —dijo Fellin, con más suavidad—. Si por aquí hay un primate que se las arregló para colgar a unos cuantos hombres, llevamos años cazando justo eso. No te pongas nervioso.
—Sí. Sí, ya lo sé. ¡Qué no habremos pasado! —Aun así, volvió a levantar la vista—. Es que esos tipos eran tan duros, y luego los vi en el árbol, y me dio un no sé qué.
Fellin sonrió.
La hierba se fue aclarando a medida que avanzaban, y dejó de estar vacía.
Encontraron al resto de los soldados. Aplastados bajo piedras preparadas para caer. Arrojados a fosos y abandonados sobre las estacas del fondo. Abiertos en canal. Quemados. Casi todos, al margen de lo que les hubiera pasado, tenían flechas clavadas.
—Pues maldita sea. —Trascott se quedó mirando—. ¿Los sacrificaron a una tribu o algo así?
—Está claro que esto no es cosa de una tribu primitiva —dijo Fellin.
—No, claro. Las flechas no son primitivas. —Se agachó junto a uno de los cuerpos—. Que nadie se lo tome a mal, pero me gusta su estilo. Es un trabajo bastante fino.
—Señor —llamó uno de los hombres desde más adelante—. Aquí hay más muertos.
Fellin ya había recogido una de las astas. La punta tenía un corte liso, tan limpio que zanjaba cualquier discusión. Corte láser.
—Esta tierra se ha bebido mucha sangre —dijo Trascott.
—Son piezas hechas por encargo. De alta tecnología. —Giró la flecha bajo la luz, y su voz cambió, como siempre que pisaba terreno propio—. Este es mi campo. Esto es trabajo de Tul-Ji, o algo salido de Ash-Beta. A los dos les he comprado muchísimo. Hacen los mejores arcos y flechas que existen. —Hizo una pausa—. Aunque siempre hay algo mejor que lo mejor.

—Yo no distingo un arco de una flecha —dijo Trascott—. Tráeme un explosivo decente y unos cuantos juguetes bonitos.
Fue él quien vio la marca. En el tronco de uno de los árboles, antigua y profundamente tallada, había una figura.
Un cisne.

—Aaah, aquí arriba hay un cisnecito. Alguien grabó a su amorcito en el árbol.
Fellin le lanzó esa mirada. La de las grandes ocasiones.
—Deberías ahorrarte algunos comentarios, Tras.
Se acercó a la marca. —Esto probablemente nos dice más de la gente de aquí que cualquier otra cosa que hayamos visto. B, pásale el escáner. A ver qué tiene la base de datos universal.
—Por supuesto, señor.
El escáner respondió enseguida, y lo que encontró era antiguo. La marca era territorial. Mucho tiempo atrás había sido la forma de decir esta tierra tiene dueño, y alguien seguía tallándola en los árboles, lo que significaba que esa reivindicación aún valía algo para ellos.
—Mmm. Así que marcan territorio. —Fellin asintió despacio—. Los primates lo hacen. Nosotros lo hacemos. Es una de las pocas cosas que tiene en común todo lo que vive. Eso es útil.
—Genial, maravilloso, ya tenemos algo útil —dijo Trascott—. ¿Y ahora qué hacemos?
—Seguimos adelante.
Arriba, entre las ramas, algo abrió los ojos.
—No perdamos de vista a qué vinimos —dijo Fellin, con una voz que hacía horas extra para sonar tranquila.
Los hombres formaron un círculo sin que nadie se lo ordenara, con Trascott, Fellin y Brandon Fury en el centro.
—¡Señor, aquí hay algo!
—Sí, gracias, no estoy ciego, soldado. —Trascott no dejaba de girar la cabeza—. ¿Feeeell?
—Que todo el mundo se calme. Vamos a intentar hablar con ellos.
El acecho se prolongó lo suficiente como para dejar de ser una sospecha.
—Señor. —Brandon Fury habló en voz baja—. A mí me parecen asesinos. Ya ha visto lo que les hicieron a esos hombres. En lugar de hablar, quizá deberíamos hablarles en el único lenguaje que entienden.
—B, te agradezco el aporte, amigo mío, pero este es un momento absolutamente pésimo para empezar una guerra, así que me gustaría que te callaras la boca.
—Por supuesto, señor.
—Estoy de acuerdo con Tras —dijo Fellin.
Algo bajó del árbol.
La rama que había dejado atrás estaba tan alta que una caída desde allí le habría roto todos los huesos a cualquier soldado. Aterrizó sin esfuerzo y sin ruido, y se irguió frente a ellos.
Dos hojas cortas cruzadas a la espalda. La capucha puesta y bien cerrada. Dentro, nada salvo los ojos, y los ojos estaban encendidos.
Fellin se abrió paso entre la tropa. —Que todos se queden detrás de mí. Intentaré establecer contacto.
Aun así, Trascott se colocó a su lado.
—Ah. Hola. —Fellin levantó ambas manos, vacías—. ¿Habla usted mi idioma? ¿O puede traducir?
—Señor, ¿traigo el traductor universal? —gritó Brandon Fury desde atrás.
Ella lo ignoró y dio un paso lento hacia delante. Trascott avanzó con ella.
La voz, cuando llegó, era de mujer.
—Vedui'.
—El motivo de nuestra presencia aquí es sencillo —dijo Fellin con cuidado—. No tenemos vínculos con nadie en este planeta. Le doy mi palabra. Haremos aquello a lo que vinimos y nos marcharemos.
—Ese es el plan, al menos —masculló Trascott.
—Vedui'. —Fellin soltó el aire—. Maravilloso.
—Totalmente de acuerdo: maravilloso —dijo Trascott—. ¿Qué está diciendo?
—No hablamos su idioma. —Fellin metió la mano en la chaqueta—. Pero tengo algo.
Sacó un pequeño dispositivo y se lo colocó en el oído.
Una mano se alzó. Alto ahí.
—Guau —musitó Trascott—. Eres una caja de sorpresas.
—Conozco tu idioma, forastera.
Llegó en un registro que no era del todo sonido. Fellin se quitó el dispositivo del oído y lo guardó.
La voz era joven. Por debajo corría algo dulce.
—Disculpe que hayamos entrado en su territorio sin invitación —dijo Fellin—. Aquí somos completamente forasteros.
—Tiene una voz preciosa —susurró Trascott.
—No hemos visto gran cosa que nos guste desde que llegamos —prosiguió Fellin—. Aunque tampoco puedo decir que nos cayeran bien los soldados que nos recibieron al entrar.
—Muy duros —dijo Trascott—, pero sin gracia. Aburridos. Lo confirmo.
Fellin se volvió hacia él. Su cara no dejaba traslucir absolutamente nada.
—¿Qué?
La figura dio dos pasos hacia la luz y dejó caer la capa.
Era negra. No oscura. Negra como es negra una ausencia. Engastados en ese negro estaban los dos ojos encendidos, y una sonrisa que descubría dos colmillos ensangrentados. Bajo el negro de su piel corría algo rojo. De su cabeza se alzaban unos cuernos y, por debajo de ellos, sus orejas se afilaban en punta. Los tatuajes le salían del cuello de la ropa y le trepaban por la cara, ramificándose como una enredadera, y estaba claro que seguían por el resto de su cuerpo.
Al cuello llevaba un cisne colgado de una cadena, labrado en un metal que ninguno de ellos supo nombrar, y que valía más que la lanzadera que los había bajado hasta allí.
—Mira eso. —A Trascott se le subió la voz una octava—. Esa es mi ex, es Millenna otra vez, hay un parecido, pero esta es otra cosa, de verdad.
—Cállate de una vez —siseó Fellin.
Lo más parecido a ella que cualquiera de ellos sabía nombrar era un elfo. Esa era su silueta. Pero las diferencias no eran sutiles, y nadie se ofreció a decir qué significaban.
—Ejem. —Fellin se irguió—. Ya hemos conocido a elfos, y a razas cercanas a ellos. Somos una compañía que va allá donde haya trabajo. Pero no creo que nos hayamos encontrado nunca con nadie de su pueblo.
Ella los estudió. No respondía. Estudiaba.
—Me acordaría —dijo Trascott—. De eso puede estar segura.
Fellin se quedó inmóvil.
—Estudie cuanto quiera —dijo Trascott—. Soy un ejemplar magnífico, y mi respeto por las mujeres es infinito, señora.
—Ay, Tras.
—¿Qué?
—Habla.
Había empezado a rodearlos, y la palabra llegó desde algún punto a un costado.
—¿Yo o ella?
—Señor, puedo explicarlo —gritó Brandon Fury desde atrás.
Ahora daba vueltas alrededor de Trascott.
—Si alguien de ahí atrás hace un solo ruido —dijo Fellin—, lo cuelgo yo misma.
—Ah. Hola. Sí. Permítame. —Trascott abrió las manos—. Somos una compañía. La fundamos Fellin y yo. Me llamo Trascott. Esta es Fellin, los hombres que están detrás de nosotros son míos, y ese es mi timonel, Brandon Fury.
Ella siguió dando vueltas.
—Aceptamos contratos. Terminar trabajos que otros dejaron a medias, misterios, ese tipo de cosas. Cuarenta y tres cruceros pesados en nuestro haber, setenta y cinco naves de clase media, cinco todoterrenos de orugas.
La mano volvió a alzarse. Alto ahí.













